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By N2H

Sección 'Blog de realización'

Mie
Abr
30

Urbano Villanueva, “Pelayo” requeté en el Oviedo cercado



Urbano Villanueva. Pelayo requeté del Tercio CovadongaUrbano nos atiende en el salón de su casa, junto a su esposa.  No había cumplido los quince años cuando estalló la guerra, hoy tiene ochenta y seis. Convencido por un amigo, se unió pronto a los “Pelayos”, el movimiento juvenil carlista, al estilo de los “Flechas” de la Falange  «esos no me gustaban porque entre ellos había varios “Pioneros” [organización juvenil comunista], que tiempo atrás me habían pegado una paliza al salir de misa».

La vida cotidiana en la capital de Asturias, ocupada por los sublevados al mando del coronel Aranda y  cercada por las milicias partidarias de Frente Popular, se mantuvo en aparente normalidad durante algunas semanas.  «Se escuchaban los tiros, las ráfagas de ametralladoras, pero seguía habiendo cine y cafés, luego ya comenzaron las visitas del “Negus”, que era como se conocía a un avión republicano que, volando a mucha altura para evitar el fuego de la ametralladora antiaérea, venía a bombardear la ciudad». 

Nos cuenta Villanueva que el mando militar, depués de cada bombardeo, para que no cundiera el desánimo entre la población, ordenaba a la banda de música salir por las calles tocando marchas militares «e incluso pasodobles».

Con  uniforme de “Pelayo” comenzó a realizar labores de enlace entre la retaguardia y las posiciones ocupadas por los requetés en la zona de Las Adoratrices y el Hospital. «Acercaba a los parapetos el correo, los periódicos, el tabaco… siempre evitando momentos de peligro aunque una vez una bala me pasó raspando la cabeza y vi como se incrustaba en un muro. No se más, debí desmayarme porque me desperté en casa sin recordar nada».

En octubre del 36 el ejército republicano planeo una gran ofensiva sobre Oviedo. «Los combates llegaron a las calles del centro, pensábamos que era el final, escuchaba a los mayores comentar que de perder la plaza los milicianos nos matarían a todos, así que la idea era defenderse hasta las últimas consecuencias».

La  entrada de las columnas gallegas, enviadas por Franco,  impidió el éxito de la ofensiva republicana al abrir un pasillo de comunicación que permitió a los alzados en la capital reponer sus diezmadas fuerzas, pero no evitó los doce largos meses de asedio gubernamental que siguieron a la ruptura del cerco. Los cadáveres en la calle comenzaron a ser habituales tras los ataques de aviación o artillería «la muerte se hizo casi cotidiana, convivías con ella (…) conocíamos el calibre de los proyectiles por el sonido que hacían al llegar». Los edificios de Oviedo terminaron convertidos en ruinas  «A veces jugábamos a colocar un bote de conserva vacío en un palo y entre los escombros asomarlo para que el enemigo disparara creyendo ver un caso. Ganaba quien más impactos lograba recibir en su bote, éramos unos inconscientes»

El momento más trágico llegó en noviembre. «Mi padre se asomó a la ventana y casi de inmediato recibió un tiro que lo hirió de muerte. Vivíamos en la calle Paraíso, una zona peligrosa porque estaba al alcance del fuego, mi madre no tuvo otra que reponerse y tirar para adelante.  Cubrió las ventadas con sacos terreros dejando apenas hueco para que entrara algo de luz… y aún así se metía alguna bala. Yo tuve que ponerme a trabajar, entré en La Nueva España, el diario que la Falange comenzó a publicar desde los talleres del periódico socialista Avance (de hecho algunos linotipistas seguían siendo los mismos). Entre otras tareas, todos los días al anochecer me acercaba a Telégrafos a recoger el parte de guerra, al llegar con él al periódico siempre había soldados expectantes por conocer la evolución de los frentes».

Recuerda Urbano el final de la guerra en Asturias. «De repente dejaron de sonar disparos, algo que se hizo extraño. Llegaron enseguida las noticias de la entrada de las tropas nacionales en Gijón. Las posiciones republicanas en Oviedo quedaron abandonadas. Me acerqué con otros chavales a ellas y pudimos ver lo precipitado de la huida. Todo había quedado allí: armas, munición, cascos y pertrechos, todo desperdigado por las trincheras y los parapetos».

Mie
Mar
26

Reconstruyendo la vida en las trincheras



Filmación de 'Vestigios de una Guerra'Las lomas del Escamplero, antaño protagonistas de algunos de los más duros enfrentamientos de la guerra en Asturias, volvieron por unos instantes a recobrar el aspecto de otra época para el rodaje de las primeras secuencias dramatizadas de “Vestigios de una Guerra”.

Desde el Escamplero los nacionales protegían desesperadamente el frágil pasillo abierto entre Oviedo y Grado. Los ataques llegaban con frecuencia al cuerpo a cuerpo, al tan temido asalto a bayoneta calada. En muchas posiciones las trincheras de ambos bandos no distaban más de cien  metros y en algunos casos tan próximas que las granadas de mano volaban de una a otra. Es difícil imaginar recorriendo la estrecha carretera a Quexo que los muertos se contaron allí por centenares. Sólo los restos de algunas obras de fortificación nos recuerdan que las praderas donde hoy pasta plácidamente el ganado fueron hace siete décadas un virulento campo de batalla.

Recrear el ambiente en las trincheras fue el reto del equipo técnico, artístico y de producción. Combinar las técnicas documentales con la dramatización de los hechos para revivir los acontecimientos es un desafío para nosotros que esperamos ayude a explicar mejor la razón de ser de estas obras de fortificación a la vez que refuerce, a través del entretenimiento, el carácter didáctico y divulgativo de la serie.

Más fotos de la grabación realizadas por David F. Gorgojo AQUÍ

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